Javi laSenda

Lavadero

2022

Quisiera lavar tu ropa blanca

con agua del río

pero es de metal de giro

infinito

de ruido, de taladro y

(de) gritos.

 

Quisiera tender tu ropa blanca

en cuerdas de prados

pero son de acantilados,

voces huecas de otros idiomas

y muros con grietas.

 

Quisiera planchar tu ropa blanca

con acero y fuego

y al sol de agosto

doblarle las mangas,

quisiera cantar canciones

entre camisas y sábanas.

 

Quisiera coser las costuras

de tu ropa blanca

con hilos hechos de agua

hebras invisibles de un océano

que te sala

y que nunca su roce

te deje la piel agrietada.

 

Quisiera besarte

la espalda

bajo tu ropa blanca

toda limpia,

toda prado

soleada

hecha de hebras de agua.

Notas

Hay en el pueblo en el que me crié un lavadero al que iban las señoras -siempre las señoras, siempre con sus nietos hasta que fuesen lo suficientemente mayores para centrar el interés de los hombres de la familia- puntuales a frotar la ropa contra la piedra, pastilla de jabón en mano. Tal vez también a escapar de sus maridos, algunas, supongo. Ese lavadero era, con permiso de la plaza del pueblo, el verdadero ágora de Cariatiz, en Sorbas, Almeria. Allí, con almendros a los cuatro costados y el sonido del agua brotando de los caños, despertaba la sororidad y se tomaban las decisiones que moldeaban el pueblo. Esos eran los aquelarres que perseguíamos los hombres, aquellas eran las mujeres que quemábamos en la hoguera, porque un individuo emancipado y libre no aceptará yugos ni cadenas, no sin revolverse.

Aquellas mujeres que lavaban la ropa de sus maridos y de sus hijos, que vareaban las almendras, recogían la aceituna, desollaban los conejos, degollaban a los puercos y con sus manos amasaban las migas; esas mujeres que nos dan su sangre, su pan, su sudor, su vida y su tiempo. Mi madre, aunque no fuese a lavar porque en casa ya había un electrodoméstico que lo hacía por ella, era una de esas mujeres, siempre lo ha sido.

Gracias, mamá, por tu lucha encarnizada.