Materialismo histórico
2026
Apenas pones un pie en el monte te come el tomillo. Los saltamontes se te cruzan justo delante de las piernas y en los bordes de la vereda las abejas aquí, las mariposas allá, todo tiene vida. Los caracoles le trepan el lomo a los fósiles, los escarabajos peloteros llevan a cuestas su botín y las mariquitas baten sus alas a distancias cortas, como si cada cambio de escenario fuese una tarea titánica.
El cambio está lleno de pérdida; cabría decir que la vida es un constante reemplazo, un contínuo sobreescribir. Esa pérdida es una caja flexible, de un material de esos que aún no existen, o no se han descubierto, que son dos cosas distintas, pese al empeño de la ignorancia en negar lo contrario. Esa caja crece a medida que nosotros lo hacemos, dando cabida a todo lo que dejamos atrás: el soplete quemándole el vello al cerdo, mi madre, que despoja de su linda piel al conejo, la libertad del infante. No podré cruzar dos veces este río y quizá todo lo que venga ya ha venido, aunque yo no lo haya experimentado aún. Quizá no sea la caja de pérdida, sino de acopio: puede que todo lo que contiene sean todas las cosas que se han ganado, que uno atesora en la memoria, pero desde el materialismo no se puede negar que se trata de un reemplazo, que este cielo falto de estrellas era antes otra cosa, puede que no contraria, pero sí distinta, y de ahí la pérdida innegable, en tanto en cuanto algo que era ya no es, al menos desde mi experiencia.
Apenas pongo un pie en el monte ya soy un niño que salta, que no sabe de matices, ni de la ausencia próxima del tomillo; todo cuanto es, es ahora, el luego no existe, no digamos ya el mañana o el déjame ver el calendario. Ahora bato mis alas a distancias cortas, como si el acopio y la pérdida fuesen tareas titánicas.